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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Reflexión de Navidad





El arbolito de Navidad es historia antigua. Tanto que puedo recordar la época de mi infancia cuando los chicos nos juntábamos a ver como los “grandes” colgaban los globitos de cristal de colores. De vez en cuando alguno se escapaba de entre los dedos o se desprendía de la ramita donde se sujetaba para estrellarse contra el suelo. -¡Ah! ¡Oh!- La belleza y la fragilidad se daban la mano mientras veíamos como la escoba se llevaba para siempre los trocitos que no olvidaban brillar una vez más antes de sumergirse, definitivamente, en el tacho de la basura. Nunca olvidaré uno de aquellos árboles. Ya éramos grandes y trabajábamos –a una edad en la que ahora aún se esperan compensaciones por haber aprobado todas las materias- y teníamos algunos dinerillos. Los tres hermanos juntamos nuestros recursos para llenar de adornos el arbolito familiar, y además, dada nuestra “independencia economica” ejercer el derecho de colocar los adornos. Qué lindo. Realmente era muy lindo nuestro primer arbolito de adolescentes. Orgullosos, conectamos la guirnalda eléctrica y después de admirar un momento nuestra obra de arte nos dirigimos a la cocina a ver en que etapa de realización andaban el pollo y la ensalada de frutas. ¡Helado! No, que iban a haber helados en aquella época, cuando todavía no existía el freezer. ¡Si gracias a que la Siam a bolita tocía su frío escarchado alegrábamos la mesa con unas Bidú Cola y unos escasos cubitos que se terminaban pronto!. ¡En fin! Pero la historia era sobre el árbol recién armado con los ahorros de todos y sus trágicos devenires. Si, trágicos, porque mientras evaluábamos el contenido de una ensalada rusa se escuchó un estruendo en la sala.
¿Falta de equilibrio ¿O falta de arena en la maceta sobre la que se sostenía nuestro árbol? ¿Demasiados adornos? ¿O el gato? El hecho es que nuestro hermoso arbolito de Navidad se estrelló contra el piso transformándose en añicos todos sus destellantes adornos de cristal.
No recuerdo como transcurrió el resto de la Nochebuena. Seguramente no demasiado diferente de cualquier otra, ya que no se fijó en mi memoria de manera especial. Sin embargo, el recuerdo del arbolito roto no falta nunca en mi recuerdo. Cuando mis hijos eran chicos al agacharme para juntar los globitos de plástico desparramados, tan brillantes como indestructibles, no podía dejar de evocar la fragilidad de aquel otro. A veces supuse la existencia de una profecía sobre lo que vendría después, para la familia, los hermanos, el país. Incluso este año, con los nietos ansiosos esperando la llegada de Papa Noel alrededor del enorme árbol lleno de brillantes globitos de plástico, se me dió por repetir la mala costumbre de pensar. Y pensé que esos globitos son como nosotros mismos reunidos una vez al año para brillar juntos. Y se me dió que por una noche reímos, cantamos, nos compartimos, pero que durante el resto del año ¡A la bolsa! El plástico no necesita de cuidados especiales, aunque pierda un poquito el brillo. Pensé, ya lo dije, mala costumbre, que el arbolito es como la vida, de vez en cuando es necesario recordar que la tenemos, y la Navidad, como un chequeo anual para seguir adelante hasta el año que viene. Y también pensé que ya nadie se quiere saber de lo frágiles que somos. En eso alguien, un muchacho cuyo nombre no recuerdo, el novio de la prima de mi nuera, creo, me alcanzaba una copa exclamando ¡Feliz Navidad!   

lunes, 14 de octubre de 2013

Viaje al centro de mi misma


Todo viaje es un viaje a las profundidades de uno mismo, recuperación de paisajes olvidados. Cuanto mas si uno viaja a la tierra de sus antepasados. En Corrientes nacieron, vivieron y murieron varias generaciones de las cuales heredo el mensaje genético. Cada vez que visito la provincia, sin saber como ni de donde, reconozco pinceladas, estilos, ecos que, sin embargo, nunca antes había visto. !Misterios de la vida! También me aprendo a mi misma un poco mas. De donde me viene esa manera de enfrentar esto o aquello, la fe -que a veces se me reprocha- por que algunas cosas me parecen tan importantes y otras no tienen para mi ningún valor. A veces, uno se siente un poco extraño en el sitio donde vivió toda la vida y donde, sin embargo, no consigue reconocerse del todo. Somos inmigrantes, de afuera y de adentro. De una lejana y añorada patria en Ultramar, abandonada quien sabe como o por que, pero también inmigrantes de esta tierra, nunca suficientemente nuestra. Sin embargo, a veces, algo late. Las lineas que copio mas abajo se trazaron asi, en el camino de unas vacaciones que devinieron cuasi "viaje iniciático". Vayan esas palabras para Corrientes, la ciudad que ve pasar el río y las barcazas cargadas de soja, arroz, madera. Para mi abuela, que siempre admiró a los elefantes porque eligen donde morir, y hoy conquistó su derecho a dormir para siempre donde quería, para mi madre y mis tías. Algunas se fueron, otras se quedaron. Pero también para mi hija, quien todavía cree que las raíces pueden echarse en cualquier parte. Y quien sabe, tal vez tenga razón. AF



Corrientes








Se estiran y retuercen los espinos
sufriendo la memoria del agua, 
entre el polvo seco
y la paja quemada.

Por un instante, una alegria verde los despierta,
pero la sequia arrecia y la espiral de púas cede sus trazos
bajo el cielo inalcanzable.

Corrientes reza y se persigna,
le pide a Dios que llueva 

y lo consigue, 

pero al rato, 
reza otra vez:

Ahora,  
para que deje de llover.

Bajo el martirio, dudando entre la inundacion y el fuego,
Corrientes se asoma a la orilla vestida como para una fiesta,
pero el Rio,
tumultuoso y ciego,
la ignora,
mira para otro lado,
se va lejos,
muy lejos,
lo suficientemente lejos.


Entonces, otra vez,
reza,
levanta una iglesia,
adorna con flores y luces a una virgen,
se persigna.


Alrededor, los lapachos iluminan el monte como una oración,
y las palmeras estiran sus cabezas
murmurando en lo alto
vaya a saber qué mensajes sagrados.


En esta tierra, hasta los arboles rezan.


En la fibra del timbo
duerme el alma de una silla, de una cuna y de un altar.

Mientras, el espíritu del sauce implora por buenos motivos:
el arroyo está seco,
y lo van cercando especies ajenas.


Pinos europeos,
eucaliptos australianos,
soja para darle de comer a los cerdos
en la China.


Es la globalizacion, que no reza,
pero avanza, implacable, sobre las vias
de los trenes abandonados a su destino de oxido.


A pesar de todo, Corrientes insiste
y ya tiene un santo nuevo 
sin aureola.



Mezcla de gaucho y espinas,
concede bendiciones bailando con la Muerte.

El alto en la ruta,
alcana para llenar el termo, 
encender un pucho, 
viendo como chorrea la sangre de las velas.



Las manos del peón y el niño bien,se juntan
para atarle una cinta colorada a la esperanza, 
dejando claro que 
siempre, 
todos,
algo necesitamos.

Un acordeón afónico, desde el fondo,
desparrama un chamamé con ganas.

Espiritu correntino, música sacra.



AF



lunes, 30 de septiembre de 2013






  La casa vieja sacude sus capas de mugre y óxido,
   abre las puertas,
   se le agrandan los ojos y las ventanas.

   Una brisa indiscreta empuja los postigos, se cuela
   hasta la sala,
   sacude una lamparita y la luz se estremece
   como en un orgasmo.
   
    Bajo las capas reiteradas de pintura,
    se ve que todo, 
    alguna vez, 
    estuvo pintado de verde.

   

-Es la hora
-dicen-
Van a llegar lo invitados.


De pronto, desde muy alto, una copa se precipita al vacío y 
las 
astillas salpican
por todas partes.

La casa, casi sangra, pero
una escoba solícita acude para dejar las cosas
como estaban.

Los portones se abren, y los que fueron convocados, entran.
Suena la música.

Nadie sabe
que la casa de hoy, reestrena los latidos de ayer,

porque todo, alguna vez,
siempre,
estuvo pintado de verde. AF
   

jueves, 4 de julio de 2013

Fluye como un río





Hay gente que, como un manantial, ofrece su alma a cualquiera.
  Lamentablemente, existen muchos ambiciosos y tontos que,  abusando de tanta generosidad, terminan por contaminarlos y entonces ya nadie puede calmar su sed allí.

  Otros, en cambio, son como pozos secos. Nada ofrecen y todo lo toman. Los riachuelos, durante las tormentas, fluyen hacia ellos, atraídos por sus engañosas profundidades para desaparecer en el polvo seco rápidamente. Su voracidad se oculta entre la vegetación y las sombras. Si caemos allí, será muy difícil volver a la superficie, porque nada bueno podemos esperar de su codicia. Tal vez, solamente no quedar atrapados. Algunos afirman que en sus profundidades existen corrientes de agua pura y fresca, pero poco importa, ya que nadie puede beber en ellas.




 Por fin, otros son como los ríos que fluyen. A su paso, sus márgenes florecen y en las profundidades se albergan mil especies de peces multicolores.. Su superficie refleja el
sol, el cielo y los rostros de quienes mojan su sed en esas aguas siempre vivas. En el lodo de su lecho se alimenta la flota de camalotes que parecen ir acompañando su marcha.
  Va descalzo sobre las piedras agudas que no consiguen herir sus plantas porque el río de nada guarda recuerdo.

  Generoso, acaricia la arena al pasar, el rumbo puesto, siempre, hacia nuevas playas.  La lluvia es su amante, y crece con ella. Aprovecha los vientos para apresurar su marcha. Sin lamentarse, acoge a la mugre en su cauce, para devolverla haciendo más fértiles sus orillas.
  Al fin, salta, alegre, o se desliza con suavidad para unirse a tantos otros ríos que, como él, descubren por fin su destino en el horizonte infinito del mar.

  No te vacíes en la entrega, como el manantial, ni lo quieras todo, como el pozo. Se como el río, que todo lo acoge, pero no se detiene y entonces verás cómo, también a tu alrededor, todo prospera. AF
  

 

martes, 25 de junio de 2013

Psicología Social: En Ciencia y Alma.



No estudié psicologia porque soy una intelectual, sino porque no entendía muchas cosas de la vida y de la gente. Empecé, por supuesto, leyendo psicoanálisis y me hice muchas preguntas. Las suposiciones de Freud acerca de mi sexualidad, de la sexualidad de las mujeres de las cuales yo soy una, no coincidían con la realidad de mi experiencia y siendo el Dr. Freud un varón, decidí creerle a mi propia naturaleza. Desheché entonces el psicoanálisis, aunque más tarde me reconciliaría, cuando entendí que no es el único posible. Mis interrogantes continuaban, sin demasiado éxito acerca de proporcionarme respuestas. Por fin, una amiga me contó que estudiaba Psicología Social. Quise saber más, y ella, amablemente, esclar
eció mis dudas con una metáfora.
Fue creada, me dijo, por el Dr. Enrique Pichon Riviere. Para entenderla es necesario  imaginarse un grupo de personas sentadas en círculo. Cada una de ellas tiene un espejo dirigido hacia el centro, de manera que refleja a todos los otros espejos. Si alguno quiere cambiar la imágen de los demás, sólo necesita cambiar su posicion y cambiará el reflejo de los otros. Esa es la forma de cambiar el mundo, cambiando uno. Claro que los otros  tienen la misma posibilidad de modificar su posición cuantas veces quieran. Es lo que conocemos como interjuego de espejos.
La metáfora anidaría en mí para siempre, transformando mi forma de entender la realidad. Nunca más me sentí impotente. Años más tarde, yo misma sería psicóloga social. Hice la carrera tres veces, asi soy de apasionada u obsesiva, como más quieran. Incité a muchas personas a seguir el mismo camino y continuamente recibo sus agradecimientos. No todos trabajan de psicólogos sociales, muchos cambiaron de trabajo y otros siguen con el mismo, pero nunca de la misma manera, porque ahora tienen una herramienta para cambiar el mundo. Yo creo que la Psicología Social es una mística, no una carrera universitaria, aunque algunos hayamos ido a la Universidad. Esto no quiere decir que no cobremos nuestras horas de trabajo: ¡muchos místicos cobran!. Quiere decir, eso sí, que aunque no nos paguen vamos a seguir adelante. A veces, incluso, pagamos nosotros trabajando en otra cosa. Pero que quede claro: haciendo esa “cosa” también somos psicólogos sociales.
Nadie paga un boleto sin saber a dónde va, ni acepta la propuesta de un viaje que todos fantaseamos, pero nadie transita. Es el mercado de los que dan seguridades y saben qué es mejor. Cuando descubra mi error, ya habré invertido mucho esfuerzo y dinero, así que, tal vez, no me interese reconocer que no quería eso para mí.  
Hay que estar muy loco o desesperado para subirse a un colectivo con destino desconocido. Por eso trabajamos muy bien en situaciones de crisis, hospicios, duelos, adicciones y otras varias angustias públicas, como diría Moffatt. Asistimos a las víctimas de errores propios o ajenos, de la codicia, del desinterés, de los prejuicios. Cuando te robaron el presente, solo podés migrar hacia el futuro: cuando te falta el piso, saltás, a veces, al vacio, pero saltás. Nosotros sabemos que ese vacío simbólico no existe, que pensar el mañana como vacío es prolongar un presente ajeno.  La Psicología Social nos enseñó que existe la esperanza y que podemos construir el futuro a partir de ahora mismo. Feliz día del psicologo social, queridos locos colegas. Ada Fanelli.  




lunes, 17 de junio de 2013

Saborear





En el mundo solo hay dos maestros: el dolor y la curiosidad´-
Muchos acontecimientos se producen sin que sepamos como, y muchas cosas llegan a existir de la misma manera. Cosas que producen fascinación. Cuando la costumbre acaba con la fascinación, surge, en los espíritus inquietos, la curiosidad.
A veces esto no pasa, porque vivimos en un mundo que la desalienta. No importa como llega una imagen a la pantalla, importa que a una le siga otra, si es posible, mas excitante que la anterior. Si esto no pasa, nos aburrimos.  La mente, entonces, exige una  sorpresa tras otra. Nos hacemos adictos a la fascinación y la sorpresa, y nuestro pensamiento queda congelado. Entonces, claro esta, el aprendizaje no se produce.
Ignorantes de los ocultos procesos que mueven al mundo, con frecuencia quedamos atrapados en mecanismos desconocidos o tropezamos en obstáculos absurdos. Así, conocemos el dolor,  instructor inapelable, que llega para enseñarnos acerca de la realidad de las cosas con mano de hierro.
La curiosidad, siempre interrogante, se pregunta por que no supimos escucharla cuando susurró suavemente sus incógnitas en nuestros oídos. Pero es tarde.

El explorador observa y busca para dar cuenta de cómo son las cosas, el científico las explica, el artista las cambia y el místico las acepta.
Al principio, como niños, somos curiosos y todo queremos explorarlo, experimentarlo y  conocerlo.
Después, pretendemos comprenderlo, explicar con nuestra razón lo divino y lo humano. Sin embargo, al mismo tiempo, descubrimos también lo absurdo, lo inexplicable, lo incoherente y lo doloroso. Entonces llega el momento de cambiar, de mezclar la baraja para dar de nuevo. El dolor nos hace artistas y revolucionarios.
Pero después, todavía nos sorprenderá un nueva etapa. Si accedemos a ella, habremos encontrado la felicidad en este mundo. Es la contemplación. No debemos confundir contemplación con observación, aunque se parecen. Y este es el motivo por el cual ancianos y niños son buenos amigos.

La observación es previa a la acción, la contemplación, en cambio, no pretende saber, porque lo que había que saber, poco o mucho, lo sabe simplemente porque transitó el ciclo. Posee sabiduría en el sentido de haber experimentado el sabor de las cosas, de haber saciado el apetito y estar dispuesto al placer de los colores y las formas, de la música y la danza: desde luego, lo mejor que nos depara el banquete de la vida. Ada Fanelli