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lunes, 29 de abril de 2013

Las pesadillas de Humberto.



 Humberto empezó con los problemas, o mejor dicho la familia notó los problemas de Humberto, cuando él tenía alrededor de catorce años. Salía poco y era asustadizo. Cada noche se despertaba gritando y sudando a chorros. No era para menos. El padre llegaba borracho, lo despertaba a golpes y le había dejado marcas en el lomo varias veces. La madre no era mucho mejor, así que el miedo se había transformado en su compañero y aliado. Trataba de estar, todo el tiempo, lo más lejos posible del resto de los mortales. Para eso,  habia borrado cualquier gesto de su rostro.
Humberto temía a las personas, especialmente si, como el padre, usaban uniforme. Pero también a los perros grandes, y a los chicos, cuando ladraban mucho.
No llegó a temer a las mujeres porque casi no conoció a ninguna, además de la madre y una hermana a la que ayudaba con la crianza de los hijos.
A pesar de su gesto inexpresivo, nada en él era hostil. Encariñado con los sobrinos, les enseñaba lo poco que pudo aprender: a tirar la pelota por arriba de una pared medio destruida para que Sultán (el único perro al que no le tenía miedo) se la trajera de vuelta, o a eruptar haciendo mucho ruido para placer de la audiencia infantil, o a trepar en busca de naranjas amargas para  partirlas por la mitad y pasarlas por azúcar.
Los días de Humberto no eran tan malos en el fondo de la casa, entre los árboles, el pasto y los chicos. El problema seguían siendo las noches. Antes de cumplir los veinte, las pesadillas arreciaron, como una tormenta. Tanto, que dejó de dormir, pero entonces, las imágenes amenazantes salieron de su cabeza y empezaron a tomar forma a su alrededor. Se arrugaba en la cama hecho un nudo, metía la cabeza entre los brazos, cubriéndose las orejas con las manos, pero inútilmente. Las voces se le filtraban por los resquicios y le invadian el cuerpo provocándole aullidos y temblores sin fin.
Al principio, la familia no lo tomó demasiado en serio porque ya sabían como era. Sin embargo, cuando se negó a comer, se asustaron.  Después de varias noches de insomnio por fin se durmió, pero no lo pudieron despertar. Entonces sí llamaron al hospital y la ambulancia se lo llevó dejándolos a todos en paz. A Humberto más en paz que a nadie, porque le pusieron unos remedios en el brazo que terminaron con las alucinaciones y el miedo.
El parque del hospital se parecía un poco al fondo de su casa, donde jugaba con los sobrinos, así que no extrañó demasiado su antigua vida. Además, nadie lo retaba y hasta había algunos doctores interesados en hablar con él.
Los años fueron pasando y Humberto estaba casi bien. Podía haberse ido, pero nadie se lo propuso y tampoco quería: ¿A dónde iba a estar mejor? Afuera, en una de esas, empezaban otra vez las pesadillas. Además, no se sentía un inútil, como siempre le habian dicho, y eso era muy importante para él. Todas las mañanas se levantaba a las seis y se tomaba unos mates. Si alguien habia recibido galletitas de un pariente, las compartían.  Enseguida, se pasaba la mano por el pelo frente a un espejo roto e intentaba limpiarse con un cepillo los tres dientes que aún permanecian dentro de su boca. Despues, atravezaba el jardin y entraba al taller.
Estaba aprendiendo un oficio: ¡ni él mismo se lo podía creer! Primero nada más que lijaba, haciendo un movimiento monótono que le producía alivio y, además, servía, porque la madera quedaba blanca y lisita. Después aprendió a usar el martillo para poner clavos en tres golpes, y ahora le estaban enseñando a usar la grapadora. Algún día, le dijo el maestro carpintero, haría una mesa con cuatro sillas él solito.
Todo iba bien en la vida de Humberto. Al menos, hasta esa mañana de abril. Al levantarse nomás, percibió algo raro en el ambiente, pero no supo decir qué. La enfermera de guardia trató de que se quedaran en la sala sin conseguirlo. Todos los internos atravesaron la puerta como cada día, pero esta vez juntos, en montón, sin tomar sus mates ni lavarse. Salieron al jardín y lo primero que vieron fue una máquina enorme. Humberto creyó que a lo mejor era una nueva herramienta para los talleres, pero su atención, enseguida, fue captada por los tipos de uniforme que empujaban y le gritaban a la gente. Entre esa gente estaba el doctor al que quería tanto porque lo escuchaba. Ese que tantas veces le había dicho que sus pesadillas eran eso: sólo pesadillas. Que su padre policia ya no podría hacerle daño y que confiara en la vida y los demás. Lo vió caer blandamente, como si un puño invisible le hubiese dado en la cara.
Humberto dudó un momento de lo que estaba viendo, pero no su cuerpo, que también cayó, arrugándose sobre el pasto como un nudo, tapándose la cabeza con los brazos y  las orejas con las manos.
Inútilmente, porque las voces se le filtraban por los resquicios y lo invadían, provocándole aullidos y temblores sin fin. Ada Fanelli.