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lunes, 24 de diciembre de 2012

Cambio


 


Arrastro mis pies que arden
 como brazas.
Me siento en el cordón de la vereda,
 me descalzo,
miro mis zapatos.

El cuero fue adquiriendo ese color indeciso entre el polvo y el barro,
 las tiras que los sujetan están deshechas,
y las suelas, desolladas.

Fricciono mis dedos entumecidos,
masajeo mis tobillos:
cada guijarro, cada grieta
ha dejado en mi piel su recuerdo  
 indeleble y doloroso.

De pronto,
 una idea se abre paso en mi 
mente y comprendo:

¡No me hace falta nuevo calzado!
  
Ahora, 
lo que yo necesito ...son ...

¡Alas!

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